Recuerdo a la perfección el olor a ramas de pino, pan de pascua y pólvora con que despertaba en estas fechas, hace unos veinte años, cuando todavía se podían comprar fuegos artificiales en los almacenes de barrio para utilizarlos irresponsablemente en la generación de ruidos molestos.
En aquel entonces tenía un vecino al que todos llamaban El Mellizo y que se destacaba por realizar experimentos usando, como componente principal, cualquier elemento que tuviera la capacidad de estallar. Entre sus iniciativas figuró el acondicionamiento de un helicóptero plástico de 30 centímetros, el cual se desplazaría rápidamente por el cielo (tal como Lobo del Aire) gracias a la propulsión generada por tres cajas de voladores (150 cohetes explosivos).
A pesar que el diseño anterior, supuestamente, fue realizado considerando todos los posibles problemas que pudieran aparecer, terminó en un rotundo fracaso, ya que el juguete tenía demasiado peso y resultó imposible encender todas las mechas simultáneamente. Así fue como esta inocente omisión propició que los fuegos artificiales se encendieran en forma desordenada, lanzando violentamente al artefacto en todas las direcciones posibles, a la vez que los cohetes que se iban soltando, a causa de los incontables golpes, salían disparados a gran velocidad. Como si fuera poco, la aeronave se hizo pedazos cuando los últimos voladores (el mayor porcentaje) detonaron al mismo tiempo.
Para una persona con sentido común lo recién descrito se habría convertido en una prueba de lo peligroso que puede llegar a ser la manipulación de artilugios explosivos, pero para quienes estuvimos ahí, fue un ejemplo del castigo que podíamos propinar a aquellos juguetes merecedores de nuestro desprecio.
Transcurrió algo más de una semana y El Mellizo nuevamente se encontraba preparado para uno de sus actos sin sentido, ya que gracias a dos cajas de chispitas provocaría el estruendo más terrible que hubiera imaginado.
Era año nuevo y después de dar los abrazos de rutina, el sujeto salió a la calle para acomodar la pólvora entre dos piedras de gran tamaño sobre el pavimento y según lo prometido, a las 01:00 horas, les lanzó con todas sus fuerzas otra de al menos 20 kilos.
La explosión que se generó estuvo acompañada del ruido más fuerte que he escuchado en toda mi vida y, aunque la sensación provocada por la onda expansiva fue inesperada para mi, lo que más me impactó fue ver como las piedras se destrozaron y sus restos volaron por todas partes (hubo gente que salió a mirar al cielo pensando que llovía).
El Mellizo continuó escuchando la explosión durante una semana.
No sé si decir que por mucho tiempo pude disfrutar de situaciones parecidas o si tuve mucha suerte por no sufrir un accidente, sin embargo tengo la certeza de que la Navidad nunca fue igual desde que El Mellizo se cambió de población.
Hoy sólo sé que Pablo tiene una esposa y que trabaja en alguna parte arreglando teléfonos (supongo que le deben quedar malos), pero si alguna vez lo vuelvo a ver le daré las gracias, pues hay algo que sólo él me pudo mostrar: El verdadero Espíritu navideño.
Dedicado a Jorge Núñez.
